A cualquier edad —pero muy especialmente en la madurez— descubrir nuestro propio paraíso es uno de los mayores regalos que podemos hacernos.
La vida, cuando llegamos a cierta etapa, nos invita de manera natural a bajar el ritmo, a mirar con más calma y a permitirnos disfrutar no sólo de lo que hacemos, sino de lo que somos.
Es el momento perfecto para reconectar con los placeres, con el presente y con la importancia de cuidarnos emocionalmente. Sentirse bien con uno mismo ya no es un lujo: es un acto de respeto y de salud.
Como decía siempre Laura —una mujer de 78 años que decidió empezar a viajar después de los 70 años— “uno no envejece… se hace más consciente”.
Vamos a hablar de los placeres, el presente y la importancia de cuidarse emocionalmente.
De sentirse bien con uno o una misma a diario.
Sentirse bien con uno mismo es el único modo de llevar bien nuestras relaciones y actividades diarias.
Hay que tenerse en cuenta y valorarse.
Ya lo dijo Nietzsche.
“Ayúdate y los demás te ayudarán”
Tenemos que tomar conciencia de que el “hoy es un regalo, por eso se llama presente”.
Hay que saborear y degustar el placer de hacer las cosas.
Vivir el presente.
John Lennon decía:
“la vida es lo que sucede mientras estás ocupado en hacer otros planes”
Y cuántas veces, al echar la vista atrás, nos damos cuenta de que lo verdaderamente importante estaba en esos momentos cotidianos que dejamos pasar: una conversación tranquila, un paseo sin prisa, un viaje que nos abrió el alma.
Muchos de mis viajeros mayores me lo han contado. Entre ellos, Carmen, de 78 años, una mujer entrañable que viajó conmigo a Sicilia. Una tarde, caminando despacio por el casco antiguo de Siracusa, me dijo con una sonrisa:
“Juan, a mi edad ya no corro detrás de nada. Solo quiero sentir que lo que vivo… lo vivo de verdad.”
Y así, casi sin darnos cuenta, definió lo que significa vivir el presente.
Vivir sin prisa cuando eres mayor
¿Cuántas veces dejamos pasar momentos preciosos por estar mirando demasiado lejos?
Olga, de 82 años, me contaba que después de una operación decidió que cada mañana se tomaría su café mirando el sol “aunque llegara tarde a todo”. “He recuperado”, decía, “uno de mis paraísos diarios”.
Por eso conviene detenerse, respirar y vivir cada instante con consciencia, sin prisas, sin exigencias innecesarias.
Cuando se está feliz, el cuerpo lo detecta y lo transmite, igualmente ocurre cuando se está deprimido.
Todo lo que se haga por cuidarse, prestarse atención, sentirse bien dentro de la propia piel y no tratar de vivir la vida de los demás y para los demás, repercute de forma muy positiva en nuestra mente.
Se ha entendido de manera equivocada lo que significa vivir el presente.
Hay quien lo entiende como despreocupación por el futuro.
Falta de compromiso.
Ser poco previsor.
Pasarlo bien haciendo lo que a uno le da la gana en cada momento.
Sin embargo, vivir el presente no es ni más ni menos que la experiencia de hacer las cosas con el ritmo adecuado para permitir vivir con intensidad lo que cada momento nos depare.
Apreciar y sentir lo que se hace en cada momento.
Aprender a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, porque las grandes no suelen llegar muy a menudo.
Como dice Savater, “carpe diem” no significa que debamos buscar hoy todos los placeres, sino que debemos buscar y disfrutar de todos los placeres de hoy.

Tres historias reales que inspiran el bienestar en la madurez
Carmen: 78 años y la alegría de redescubrirse
Carmen me contó una vez que, tras enviudar, pasó meses sintiéndose “congelada por dentro”. Un día decidió caminar cada tarde hasta un parque cercano y sentarse al sol diez minutos. Solo diez.
Ese pequeño ritual se convirtió en placer, en terapia, en refugio.
“Volví a sentirme viva”, me dijo una mañana mientras preparábamos su viaje a Galicia.
A veces, el paraíso es tan simple como un rayo de sol bien aprovechado.
Paco: 82 años y el poder de una conversación
Paco era profesor y un apasionado lector. Pero me reconoció que hacía tiempo que ningún libro conseguía emocionarle.
Hasta que durante un viaje a Asturias charló con un hombre sobre poesía durante más de una hora. Aquella conversación le reavivó algo profundo.
A los pocos días me escribió:
“Juan, he vuelto a leer. Y me he vuelto a encontrar”.
Las actividades gratificantes —las de verdad— tienen ese poder.
Olga: 74 años y la magia de viajar sin prisa
Olga siempre había viajado deprisa, “aprovechando todo”. Pero en su primer viaje conmigo a la Toscana descubrió que la lentitud también es un placer.
Una tarde, mientras tomaba un helado frente al Duomo de Siena, me dijo:
“Esto… esto es felicidad madura. No necesito correr para sentir que vivo”.
Y tenía razón. La madurez nos regala esa sabiduría: la de saborear la vida en lugar de perseguirla.

Viaje con 4 amigas mayores por el norte de España
La felicidad en el presente tiene dos aspectos diferentes. Los placeres y las actividades gratificantes.
Los placeres nos proporcionan una felicidad pasajera.
Las actividades gratificantes, al poner en juego lo mejor de nosotros mismos en lo que se hace, proporcionan una felicidad permanente.
Los Placeres en edades avanzadas
Son efímeros e inmediatos e implican muy poco o nulo esfuerzo.
Hay placeres corporales que proceden de los sentidos y son momentáneos (una ducha caliente, recibir un masaje, un perfume, evacuar los intestinos o el primer trago de un café).
Y hay otros placeres que requieren más recursos cognitivos y que son más variados que los placeres corporales (ver una buena película, disfrutar de un paisaje, ir al teatro, caminar descalzo por la orilla del mar…)
En todo caso, a todos ellos nos acostumbramos rápido, pero también desaparecen rápido.
Son transitorios.
Pero nos alegran mucho la vida.
Aunque hay que distanciarlos para que no nos produzcan saturación.
Y tienen que sorprender.
La sorpresa evita que nos habituemos a ellos.
Está bien sorprendernos a nosotros mismos de vez en cuando.
También sorprender a los demás.
Lo más simple puede ser un placer.
Consejos para saborear y disfrutar los placeres:
- Compartir con otras personas la experiencia.
- Guardarlo en la memoria de forma muy consciente: tomar “fotografías mentales”. Llevarse un recuerdo físico (una rama, una hoja, una piedra, una foto) y tenerlo a la vista en casa. Nos aflorarán los recuerdos cada vez que lo veamos.
- Dejarse llevar por los sentidos y saborear al máximo la experiencia. Es como cuando cerramos los ojos al escuchar nuestra música preferida o al saborear u oler una comida.
- Permanecer absortos en la experiencia, sólo sentir, no pensar en nada.
- Expresar gratitud por lo que se siente, ser agradecido te sentará bien.

Qué mayor placer en la madurez que una buena comida con buena compañía. Aquí en Casa Cándido (Segovia)
Las actividades gratificantes en la madurez
A diferencia de los placeres, ponen a prueba nuestras habilidades y nos hacen disfrutar de una forma más prolongada en el tiempo.
Actividades como: bailar, escribir, dibujar, jugar al ajedrez, practicar un deporte, leer un libro de un determinado autor, tener una buena conversación, viajar, conocer nuevos lugares…
Las gratificaciones nos involucran por completo.
Quedamos inmersos y absortos por ellas.
Perdemos la conciencia propia.
En ellas el tiempo se detiene.
Las gratificaciones duran más que los placeres; puede ocurrir que no resulten placenteras en el momento, pero luego se piensa en ellas como algo divertido que nos gustaría realizar de nuevo.
Implican más pensamiento que los placeres. No se convierten fácilmente en un hábito.
Requieren más esfuerzo.
Yo, particularmente, cuando juego un partido de tenis, me olvido de todo. Pierdo la noción del tiempo. En esas 2 horas el partido me absorbe por completo, estoy concentrado, encuentro una gran satisfacción, yo diría que estoy eufórico.
Acabo agotado (físicamente), pero feliz.
Aprender a darse gusto, tomarse un tiempo e introducir placeres sencillos en la vida cotidiana, actúa como un antídoto contra todo.
Y además levantan el ánimo.
Regalarse bienestar… especialmente en esta etapa de la vida
Dedicarse tiempo, darse gusto y colocar pequeños placeres en la vida cotidiana es un auténtico antídoto contra la tristeza, la rutina y el desánimo.
Y en la madurez, este autocuidado se vuelve aún más importante. Cuidar el cuerpo, la mente y las emociones no es un lujo: es una necesidad que nos sostiene, nos equilibra y nos devuelve la alegría.
Hablando de pequeñas satisfacciones y de las maravillas de la naturaleza, Perich decía:
“La puesta de sol es uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza; el otro es la puesta de un huevo de dos yemas”.
Y a ti ¿Qué cosas te producen placer o gratificación?
¿Qué cosas te agradaban pero has dejado de practicar?
¿Hay cosas que siempre has considerado placenteras, pero nunca has hecho?